Y expulsé de mi culo
milagrosas y hediondas,
maravillosas.
Les dije "éstas son
mis verdades", así
se los dije: "naden
en ellas, regocíjense";
y comprendí entonces,
que nunca fui un
filósofo, sino un hombre
solo y triste, cansado.
Nuestro objetivo es sencillo: queremos ser los escritores que sean leídos por los robots, los alienígenas o cualquier ser que el día de mañana herede el dominio de la tierra.
De lo que le aconteció al ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha y su fiel escudero Sancho Panza en la oscurísima cueva secreta de los hombres mujeres.
...Y cabalgando su rocín flaco y enjuto, Don Quijote miró hacia adelante y exclamó:
-A fe mía, Sancho, que vamos bien encaminados hacia las justas, porque la Providencia y los santos están con nosotros y no con el turco infame. Así, el destino y el deber dictan que entremos a esa oscura cueva que enfrente nuestro se nos abre, porque allí nos deparan las más fantásticas maravillas que caben en el estilete y en la pluma, maravillas no vistas y oídas por mortal alguno, a excepción del bravo Gaspar de Centenera, el del brazo de membrete, y Olaf el Rúculo, navegante de los mares del Norte, y de Merlino el Ladino, mágico mago de la corte de los cuarenta caballeros hospitalarios de la cruz de Persefal. Porque ya lo dice esa vieja letrilla que gustaba de cantarle a la bella Dulcinea:
El mejor recorrido no es
el que se camina con los pies
sino el otro, el imposible
el siniestro, el irascible,
que con alma se camina
y a rigores nos destina
y nos seca bien la lengua
paso a paso, legua a legua.
A lo que respondió Sancho:
-A fe mía que esas son palabras muy bonitas, pero a la seguridad se la llevó la Inquisición, y dos más dos no siempre dan cuatro, y quien mucho aprieta poco ahorca.
-Dejate de rodeos y sandeces, tú, saco relleno de refranes y malicias, y di lo que tengas que decir sin tantas vueltas, que ya pareces perro somñoliento y no cristiano.
- Digo que esa cueva es el mismísimo infierno, y que es más oscura que las bocas del lucífero Luficer, y que siento un miedo que en la vida he sentido.
-Calla, cobarde, mentecato, que esas no son palabras dignas del escudero de Don Quijote de la Mancha, caballero y soldado de nuestro Señor Jesucristo, enemigo del turco y amigo del desamparado. Entraremos a esa cueva, así deba llevarte de la greña, porque esa cueva es nuestro destino, y en ella purgaremos todas nuestras faltas y nuestros pecados, y enderezaremos nuevamente el camino hacia la Virtud y la Providencia.
-Lo haré porque otra opción no tengo, y porque todos los gatos de noche son pardos, y porque no hay mal que por bien no venga, pero verdaderamente mi pobre cabeza no entiende cómo puede haber virtud en atravesar una cueva húmeda y hostil, atestada de insectos y demás sabandijas que sólo el Señor sabe de qué agujero han salido.
Y aquí Cide Hamete Benengeli explica que Don Quijote de la Mancha y su escudero Sancho Panza entraron a la cueva, que resultó ser nada más y nada menos que la famosísima y oscurísima cueva secreta de los hombres mujeres.
-A fe mía –dijo Sancho- que no he visto en mi vida oscuridad más tupida que ésta, que ni el mismo diablo podría verse la punta de la cola en un lugar así.
-Calla, Sancho, que esto es una penitencia, y no debemos hablar hasta llegar a la salida.
-¿Y qué hay si no hay salida y esta cueva resulta ser un laberinto?
-Te digo que calles... y no me toques la cintura con tus rústicas manos, que es de canalla y no pocos se han ido a las llamas eternas por eso.
-Yo no he tocado nada.
-Que no me toques, te digo.
-Yo no he sido.
-¿Quién sino?
-¡Creo que hay alguien más entre nosotros! –exclamó Sancho con desesperación- ¡Siento unas manos que me aprietan la barriga!
-Y yo siento un aliento caliente que me peina las sienes y otro que me acaricia la nuca.
-¡Ay de nosotros!
-Tranquilo, Sancho, que no permitiré que estos demonios nos arruinen la penitencia.
Y diciendo esto don Quijote comenzó a dar estocadas a ciegas, a diestra y siniestra, y entonces unas manos lo sujetaron de la entrepierna y lo inmovilizaron, mientras otro tanto hacían con el pobre Sancho, que estaba asustado como una venado rodeado por el fuego de un incendio. Y cuando hubo trascurrido una hora de aquella querella en la más completa oscuridad, Don Quijote y Sancho Panza fueron liberados y vieron otra vez la luz del sol, y callados y tullidos no emitieron palabra alguna hasta las justas de Zaragoza.