26 de septiembre de 2009

Diálogo platónico perdido: El Tetón


Esculapio. ¿Quién es ése que viene llegando más allá del templo de Palas Atenea, oh queridísimo y bien amado Sócrates?

Sócrates. Es Tetón, buen Esculapio, el hijo de Socotrocón y Gendarmería.

Esculapio. ¿Y por qué es que está tan bien ataviado?

Sócrates. Pierde cuidado que ahora se lo preguntaremos.

Tetón. Hola buen Esculapio, mancebo caro a Zeus; hola Sócrates, sapiensísimo y digno de dialogar con las más altas deidades del Olimpo.

Esculapio. Gracias, buen Tetón, gracias. Ser halagado es algo siempre bienvenido, y cuando el halago viene de un hombre tan bellamente ataviado como tú es más bienvenido todavía.

Sócrates. ¿De dónde vienes o a dónde vas, queridísimo Tetón, que llevas esas caras prendas cubriendo tu cuerpo ejercitado en la gimnasia y llevas el pelo mojado por almizcles corintios?

Tetón. Vengo de los Juegos Monocotiledoneos, y me he puesto bello porque fui a ver a hombres bellos.

Sócrates. ¿Y qué es para ti un hombre bello, buen Tetón?

Tetón. Difícil pregunta me haces, Sócrates.

Sócrates. ¿Qué? ¿Acaso no sabes la respuesta?

Tetón. Sí que la sé. Los hombres bellos son los que me gustan y los que me gustan son los hombres bellos.

Sócrates. ¡Por Zeus! Creo que nuestro buen Tetón ha pasado demasiado tiempo con los sofistas. ¿Cómo es eso que dices?

Tetón. Digo que un hombre es bello cuando me gusta.

Sócrates. ¡Vaya! Definitivamente se ve que estás pasando demasiado tiempo con Protágoras, porque esto que dices es algo que bien podría decir él.

Tetón. Quizás.

Sócrates. ¿Y no crees que antes de atrevernos de hablar del hombre bello deberíamos intentar circunscribir y definir qué es la belleza?

Tetón. Suena razonable.

Sócrates. ¿Y no te parece que la belleza es algo bello?

Tetón. ¿Cómo podría no serlo?

Sócrates. ¿Y no crées también que lo bello nos trasciende?

Tetón. No me atrevería a dudarlo.

Sócrates. Así, cuando vemos algo bello no es sólo bello para nosotros, sino por su participación con la idea de lo bello.

Tetón. Estás en lo cierto, queridísimo Sócrates.

Sócrates. ¿Y no crées que los dioses, en su sabiduría infinita, nos han dado los sentidos para poder captar esa belleza que nos trasciende?

Tetón. Eso es innegable.

Sócrates. Así es como gracias a los oídos gozamos de la música, gracias al gusto de las manzanas, gracias al tacto del pasto fresco y todo lo demás.

Tetón. Es muy cierto lo que dices.

Sócrates. ¿Y cuál crees tú que es el sentido por el que se goza la belleza física?

Tetón. Me has desconcertado con tu pregunta, Sócrates.

Sócrates. ¿No te ha pasado a veces que, estando en los marmolados baños, nacía en ti un fuego descontrolado como consecuencia de los pechos núbiles de los jóvenes acicalados?

Tetón. Deberías ser sacerdote de Apolo en Delfos, buen Sócrates, porque eres adivino. Eso que describes acaba de pasarme hoy mismo.

Sócrates. ¿Y no te has fijado, amigo Tetón, que ese sentimiento fogoso no nace ni de la vista del ni del tacto ni del oído, sino que es más bien una especie de sexto sentido que incluye a los otros cinco pero que a su vez los trasciende?

Tetón. Entiendo a lo que estás llegando, buen Sócrates.

Sócrates. Ahora déjame explicarte el origen de este sexto sentido con un mito que es muy de mi agrado. Dicen los viejos sabios de Creta que hace mucho tiempo Zeus creo con las nubes del Olimpo un hombre al que llamó Sinescrotón. Este hombre era fuerte, rústico, salvaje y carecía de cualquier tipo de miembro viril. Dicen los viejos mitógrafos que Sinescrotón un día se mojó en el río y no se secó, y que por el producto de la humedad acumulada en la entrepierna nació un hongo que creció y creció hasta adquirir voluntad propia y someter a los otros cinco sentidos en un sexto sentido que incluía a todos pero que a su vez los trascendía. Desde entonces el mundo es tal cual lo conocemos, este mundo justo y hermoso para todos los hombres y criaturas que lo pueblan.

Tetón. Qué bello lo que acabas de contarnos, buen Sócrates.

Sócrates. Aclaradas nuestras dudas, vayamos a beber algo por ahí.